Trofeos
Jacobo llegó pronto a casa, antes de que su mujer volviera de las clases de zumba
Jacobo llegó pronto a casa, antes de que su mujer volviera de las clases de zumba. Cerró la puerta. Acercó el llavero al panel de control para apagar la alarma, pero encontró que ya estaba desactivada.
—¿Hola?
Nadie respondió. Colgó las llaves del Tesla y empezó a quitarse los zapatos para ponerse las zapatillas de andar por casa. Entonces notó que la alfombra de bienvenida no estaba alineada con el aparador. «Joder con la nueva», pensó. Se dirigió al despacho para dejar el maletín de Deloitte, pero, al cruzar el pasillo, un olor punzante lo asaltó por sorpresa. Un olor a orina concentrada, a sudor de varios días, a disolvente. Un olor asqueroso, pero extrañamente familiar. ¿De dónde venía aquella peste? Olfateó su propia axila. Luego se agachó y olisqueó la alfombra. No, no venía de allí. Se incorporó y empezó a caminar siguiendo el rastro de aquel hedor inmundo. Llegó hasta su despacho. Todo parecía en orden sobre el escritorio: la plumilla estilográfica en su sitio, al lado del iMac y la miniatura del Perro de globo de Jeff Koons. Pero faltaba algo. La foto. El marco dorado estaba, pero faltaba la foto de su mujer en la playa. ¿La habría cogido la chica nueva de la limpieza?
Dejó el maletín y fue hasta el garaje, donde estaba instalado el monitor de las cámaras de seguridad. Seleccionó la cámara del despacho y empezó a rebobinar la grabación. Se vio a sí mismo saliendo y entrando hace unos segundos. Pulsó el botón para acelerar el rebobinado, pero, en lugar de encontrarse con la chica de la limpieza, se topó con algo que le heló la sangre. Pausó la grabación. En el fotograma congelado aparecía un hombre vestido con una gabardina llena de mugre, con greñas y barba frondosa, entrando por la puerta de su despacho.
Un escalofrío recorrió la columna de Jacobo. Juraría haber visto antes a ese hombre.
El intruso debía de haber entrado cuando la casa estaba vacía, hace escasos minutos. Pulsó el play: vio cómo el hombre daba una vuelta alrededor del escritorio, mirando los objetos con curiosidad, hasta descubrir la foto de su mujer en bikini. Agarraba el marco con ansia y se lo acercaba a la cara con la mano izquierda, mientras se metía la derecha en los pantalones. Luego empezaba a masturbarse, jadeando, con su aliento ponzoñoso empañando el cristal de la foto con cada respiración. Al rato, sacaba la foto del marco y se iba por el pasillo. Jacobo contuvo una arcada. ¿Conocía a ese tipo? Fue corriendo hacia el cuarto de estar para comprobar que no se hubiera llevado nada de valor.
Allí, revisó que todo siguiera en su sitio. No había tocado nada del home cinema. La decoración parecía intacta: el retrato de Leonardo DiCaprio hecho por Maseda, la lámpara de araña, el cuadro al óleo de su mujer desnuda. Y, por supuesto, la vitrina de los premios. Esa cuadrícula de estantes que ocupaba toda la pared y estaba repleta de copas y medallas de los torneos de golf. Premios de todos los colores, cuidadosamente alineados y expuestos. No faltaba ninguno. Lo único que llamó su atención fueron unas espiguillas de avena, enganchadas a los pelos de la alfombra.
Volvió al garaje, algo más tranquilo, a comprobar el resto de las cámaras. Rebobinó y seleccionó la cámara del dormitorio. En la grabación aparecía otra vez el greñudo, con su gabardina blanca, llena de manchas de grasa. Esa gabardina. Sin duda la había visto antes, pero, ¿dónde? El hombre entraba en la habitación e inmediatamente se agachaba a los pies de la cama. Apartaba de allí debajo unas cajas de Christian Dior y de Prada, para luego introducir medio cuerpo bajo el bastidor. Se revolvía, como buscando algo a tientas por el suelo. Luego se incorporaba e iba hasta el baño del fondo. Se ponía a rebuscar en el cesto de la ropa sucia, guardaba algo en la gabardina y salía corriendo por el pasillo. Jacobo cambió el monitor para ver la grabación de la cámara exterior. En ella, se veía cómo el hombre salía por la puerta de la cocina, cruzaba el patio entero y acababa escapando, deslizándose bajo la alambrada. En el horizonte, en una esquina de la pantalla, se intuía su silueta corriendo hacia las afueras de la urbanización.
¿Qué hacer ahora? Se le pasó por la cabeza llamar a la Policía, enseñarles las grabaciones del despacho y del dormitorio, pero no sería fácil explicar por qué había cámaras instaladas en el cambiador de la asistenta. Descartó la idea. Se mordió la piel del labio inferior, tratando de recordar de qué conocía a ese hombre. Aquel olor, entre pis y disolvente... ¡Ah, sí! Debía de ser él, ese que lo abordó una vez en la gasolinera. Ya empezaba a ubicarlo.
Aquel día, Jacobo había acabado de repostar, estaba esperando su turno para pagar en la caja registradora. Entonces entró el tipo de la gabardina y le pidió un euro para comprar una Coca-Cola. Un tanto escéptico, se lo dio. Entonces vio cómo se marchaba por la puerta inmediatamente, sin comprar nada. Qué cabrón. Aquello tuvo su gracia, pero esto era diferente: hoy se había pasado de la raya. Era un milagro que no se hubiera llevado nada de la vitrina. Esto no podía quedar así, era algo personal.
Sacó su iPhone, escribió un mensaje a su mujer: “La nueva se ha dejado la cocina abierta y la alarma apagada. Tendremos que hablar con ella”. Sin pensarlo dos veces, volvió al recibidor, cogió las llaves y montó en el Tesla.
Condujo por la urbanización hasta llegar al Burger King de la rotonda, pasó el Gran Casino y siguió recto, alejándose de la zona residencial. Dejó atrás el paso a nivel, pasó por la zona de los burdeles y llegó por fin a la gasolinera. Aquella en la que vio al greñudo por primera vez. Allí al lado había un descampado con una casucha abandonada, sin cristales en las ventanas, con una tela blanca rasgada a modo de puerta. La parcela entera estaba repleta de ortigas, zarzas y espigas de avena. «Conque avena, ¿eh?». Jacobo aparcó en el arcén y bajó del coche.
Entró al descampado, plantando las zapatillas de andar por casa sobre la tierra. Caminó hasta llegar a la entrada de la casucha. Se quedó apoyado en el quicio, apartó la lona y asomó la cabeza dentro.
—¿Hola?
Nadie contestó, así que entró al edificio. Tenía dos plantas, pero no estaba terminado de construir. Había un hueco donde deberían estar las escaleras y tubos negros con cables asomando del techo. El viento ululaba entre puerta y ventanas y, sin embargo, el mismo olor inmundo flotaba en el ambiente. Todo el suelo estaba lleno de cascotes, de pedazos de cemento seco. Se situó en el centro de la estancia y dio media vuelta.
Lo que vio en aquella esquina permanecería mucho tiempo en su memoria: había una estampita de una virgen con un cirio rojo detrás. Debajo, docenas de fotos de mujeres semidesnudas, esparcidas por el suelo formando un abanico. Algunas eran instantáneas, otras recortes de revistas. Las recorrió rápidamente con la vista, pero no encontró la de su mujer. Debajo de las fotos, había seis sujetadores extendidos, perfectamente alineados en dos columnas. A su derecha, seis bragas de distintos colores, todas visiblemente usadas, dispuestas también en perfecta simetría.
Jacobo salió de la casucha, a toda prisa, conteniendo la respiración. Ya en el exterior, exhaló todo el asco acumulado y cogió una bocanada de aire limpio. «¿Qué coño acabo de ver?». Resopló. Echó a caminar con brío hacia el coche. Avanzó con grandes zancadas, pero enseguida bajó el ritmo. No llegó a salir del descampado, se paró antes de llegar a la acera, sin saber muy bien por qué. Se paró. Y miró hacia la casa, con su puerta de tela ondeando.
Había algo curioso en todo aquello. Jacobo pensó en el esfuerzo que había detrás de aquel escaparate macabro. Algo vibró en su bolsillo. Sacó el iPhone. Era un mensaje de su mujer: “okiii, perfee. ya voy para casaa”. Respondió: “Ok. Llego enseguida”.
Deshizo el camino, atravesó de nuevo la puerta de tela y se acercó hasta el improvisado altar. Tomó una gran bocanada de aire. Admiró en silencio el contraste de los colores de las bragas, los verdes y los rojos armoniosamente combinados, la retícula invisible que alineaba aquellas telas. Barrió los cascotes del suelo con la zapatilla y se arrodilló. Luego se desabrochó el botón del pantalón.



Excelente idea para un corto. Lo veo claramente.
Me flipan tus relatos de misterio, Diego. Y además tan berlanguianos.