Sognefidina
Es del dolor de donde surgen las mejores ideas
Jacobo miraba, a través de los ventanales de su taller, cómo el viento mecía las copas de los pinos, que parecían azules a la luz de la luna. Los lienzos en blanco cogían polvo, amontonados en una esquina del estudio, junto a los bloques de porexpán sin tallar y la caja de herramientas. “Es del dolor de donde surgen las mejores ideas”, le decía la gente, pero lo cierto es que no había sido capaz de crear nada desde la muerte de su hijo Manuel, hacía ya un año. —Ha sido un atropello. No hemos podido identificar al conductor porque se ha dado a la fuga —dijo la Policía el día que le entregaron la bicicleta blanca, toda llena de arañazos. Desde entonces, la bici había estado aparcada en una esquina del taller, tapada con una manta de cuadros. Jacobo bajó la persiana y fue hasta el baño. Abrió el armario de espejo; de su interior sacó el botecillo naranja de pastillas que le habían prescrito. Recordaba claramente la forma en que Marco, su terapeuta, se ajustó las gafas redondas de pasta con el dedo corazón la primera vez que mencionó el tratamiento: —A veces, para seguir adelante, hay que inventar. La Sognefidina lo que nos permite es trabajar el recuerdo desde otro ángulo. Jacobo no sabía qué esperar de aquel medicamento. Se sentía privilegiado por formar parte de un ensayo clínico puntero, pero, a la vez, no terminaba de confiar en un terapeuta tan joven como Marco. Los comprimidos parecían lentejas blancas. Colocó uno sobre su lengua, que se disolvió de inmediato dejándole un gusto frío y dulzón. Al tumbarse en la cama, sintió como si desconectaran su cuerpo de la corriente. Sus párpados cedieron al cansancio. Aquella noche, soñó que conducía un cuatro por cuatro. Pese a no tener ni carnet de conducir, Jacobo sintió que el coche era como una extensión robusta de su propio cuerpo, que respondía con precisión a cada movimiento del volante, tomando las curvas con una destreza extrema. Circulaba a una velocidad prudente, hacia las afueras de Cadaqués, cuando su hijo Manuel salió con la bici de detrás de un coche aparcado y se abalanzó sobre el capó. Jacobo hundió el pie en el pedal de freno, pero el coche siguió avanzando unos metros, como si se deslizara sobre hielo. El chillido de su hijo se mezclaba con el de los neumáticos derrapando. Despertó empapado en sudor, con un calambre en los gemelos. El día siguiente fue otro de esos anodinos, en los que las horas vacías pesan como sacos de yeso. Su cerebro era una máquina de rumiar. La pesadilla de la noche anterior le había dejado intranquilo, temía estar cometiendo una imprudencia al someterse a un tratamiento experimental, así que llamó al teléfono de Marco. —Ahora mismo no estoy disponible, pero puedes dejar tu mensaje y te llamaré a la mayor brevedad —dijo la grabación del contestador. Jacobo cogió el bote naranja y empezó a leer la etiqueta. Intentó encontrar las contraindicaciones o efectos secundarios, pero no se mencionaba ninguno. Tampoco encontró datos sobre el principio activo del medicamento, tan solo una tabla con información nutricional. Al llegar la noche, decidió que probaría a tomar dos pastillas esta vez. Las colocó en la palma de su mano, luego las catapultó hasta su garganta. Los comprimidos le dejaron una sensación arenosa al tragar y le provocaron reflujo. Tan pronto como se dejó caer sobre la cama, comenzó a soñar. Soñó que era él mismo quien iba conduciendo la bicicleta blanca. Miró sus manos y sus piernas y reconoció en ellas el cuerpo de Manuel: sus dedos huesudos agarrando el manillar, sus gemelos delgados pedaleando. Recorría el mismo tramo que aquel fatídico día, de vuelta de las pistas de tenis. Se acercaba a toda prisa hacia el cruce con la carretera principal. El paso de peatones claramente visible entre dos coches aparcados. Vio de lejos al cuatro por cuatro aproximándose a toda velocidad hacia la intersección. Apretó con fuerza el freno trasero, pero las ruedas siguieron girando. Al asomar la cabeza por el cruce, su cuerpo se paralizó. Solo pudo ver las luces acercándose, el radiador del coche deformando la horquilla de la bici y, con ella, sus piernas. Unas vueltas de campana, el hormigueo en el cuello. Al despertar, Jacobo se desprendió de las sábanas con fuerza, pegó un puñetazo a la pared. —Chatarra de mierda —se dijo entre dientes. Fue hasta el taller y encendió la luz. Tiró de la manta que cubría la bicicleta. Allí estaba, imponente, con rayajos oxidados en todo un lateral, con la rueda delantera plana y combada, el manillar doblado por un extremo. Agarró una llave inglesa de la caja de herramientas y comenzó a golpear la bicicleta con todas sus fuerzas. Le arrancó las ruedas, rompió la cadena, le sacó todas las piezas de plástico. El ruido de los martillazos resonaba por todo el pinar. Al cabo de veinte minutos, desfalleció sobre la bicicleta, que tenía ya todos los herrajes abollados. Había quedado reducida a un amasijo de tubos irreconocible. Entonces rompió a llorar, sus lágrimas resbalando por la pintura metalizada. Cuando sintió que sus ojos se habían vaciado del todo, tomó aire, y sintió que su pecho se hinchaba con la presencia de una luz nueva. Tomó un destornillador y una radial y comenzó a desensamblar la bicicleta en todas las piezas posibles. Pasó toda la mañana desmembrando la bicicleta, serrando y desatornillando piezas metódicamente, con las manos agarrotadas, pero sin mirar el reloj ni una sola vez. Para la hora del almuerzo, tenía ya todas las piezas separadas, dispuestas sobre la manta de cuadros, como un puzzle improbable esperando ser montado. Masticó su sándwich mixto con la mirada fija en las piezas blancas, que en su conjunto se asemejaban al fósil de algún animal. Ahí fue cuando tuvo la idea. Sacó del armario el soldador, la pantalla y los guantes. Comenzó a unir las piezas unas con otras, improvisando sobre la marcha, sin tener un destino en mente pero con una certeza inusual. Las chispas de estaño caían muertas sobre la manta de cuadros. Su cara iluminada con cada fogonazo. Cuando se quiso dar cuenta, ya estaba anocheciendo y tenía ante sí una escultura blanca que describía una figura similar a un ciervo: la horquilla retorcida emulaba una cornamenta; los ojos hechos con las tapas del manillar; el hocico, un trocito de caucho recortado de un neumático. El ciervo tenía la pose propia de coger impulso para dar un brinco. Un ciervo blanco que parecía que en cualquier momento podría saltar de la manta. Jacobo sonrió satisfecho y, para celebrarlo, abrió una cerveza. Miró hacia el techo, brindó al aire, le dio un sorbo. Luego sacó tres comprimidos del bote, se los colocó en la lengua y los bajó con un trago de cerveza. Llegó a la cama tambaleándose, sujetándose de las paredes, con la habitación girando a su alrededor. Se dejó caer sobre el colchón. Aquella noche, sin embargo, no logró soñar nada. No visualizó ningún recuerdo, ni traumático ni feliz, no fue capaz de imaginar mundos remotos ni cercanos. Se revolvía en la cama, de un lado a otro, sentía que la ensoñación era un recinto al cual no tenía acceso, que una membrana invisible detenía su entrada. Al levantarse a la mañana siguiente, fue al taller. Allí encontró la manta de cuadros en el suelo, vacía. Nada más. Subió las persianas del ventanal. Le pareció verlo correr entre los pinos, trotando con sus huesos blancos. Juraría que lo vio de verdad.



Ufff. Lectura descarnada para comenzar la semana, has puesto el listón alto. No sé si será cosa mía pero siempre extraigo muchas lecturas de cada uno de tus textos. En este caso incluso hago una interpretación budista de la transmutación de la bicleta abollada (la aflicción) en una escultura (la belleza virtuosa). Dicen algunos que los pavos reales tienen un plumaje tan hermoso porque pueden comer plantas venenosas que a otros animales les causaría la muerte.