Dulces sueños
Tal era el calor que temía estar sufriendo alucinaciones
El calor de aquella noche no tenía ningún sentido. Era el cuarto día desde que habían decretado la alerta roja por la canícula y, en el piso en el que vivo (un primero interior), toda la temperatura se concentraba en el dormitorio. No paraba de revolverme en la cama, incapaz de conciliar el sueño. Tal era el calor que temía estar sufriendo alucinaciones: cuando creía que empezaba a quedarme dormido, sentía de pronto que el suelo vibraba o que escuchaba cuchicheos que salían de la pared. Era un calor perturbador. Di la vuelta a la almohada. Durante cinco segundos, la noté casi fresca, pero luego volvió a su condición de tela húmeda y calenturienta. El aire de la habitación me envolvía toda la piel como un ungüento asfixiante. No podía seguir así, tenía que dormirme. Ya. Pronto iban a ser las dos de la madrugada y tenía que despertarme a las seis para ir al trabajo. Vale que la sucursal del banco estaba en el edificio de al lado, pero el director siempre había sido muy quisquilloso con la puntualidad. Al menos no me molestaba mucho durante el horario de oficina. Mientras preparase las trimestrales a tiempo, podía dedicar el resto del día a estar tranquilamente en mi despachito, viendo en mi ordenador esos reportajes de investigación que tanto me gustan: sobre controles de aduanas en los que encuentran droga, redadas policiales que salen mal, o el último gran golpe del clan de Los Topos. En el fondo, muy en el fondo, yo fantaseaba con el día en que no tuviera que verle el careto a mi jefe. Un día tan difícil de imaginar como el fin del capitalismo. Harto del calor, me levanté de la cama y abrí la ventana, pero la corriente que entraba del patio interior me hizo sentirme como una patata dentro de una freidora de aire. Cerré de inmediato.La normativa de la comunidad de vecinos era muy clara: “Queda terminantemente prohibido utilizar los aparatos de aire acondicionado a partir de las doce de la noche”. Pero esto se trataba de una situación excepcional, pensé, seguro que no era el único vecino que lo ponía esa noche. Además, ¿qué sentido tenía aquella norma? ¿Quién se iba a enterar? Alcancé el mando y apreté el botón para encender el aire acondicionado. Bip. Una brisa fresca me erizó la piel.
A los pocos segundos, escuché a Conchi, la vecina del bajo, que ya estaba golpeando el techo con el palo de la escoba. —¡Eh! ¡Apaga ese cacharro o llamo a la policía! —dijo la señora sacando la cabeza por la ventana.Así que lo apagué. Bip-bip. Mi gozo en un pozo. Fui hasta la cocina, cogí un vaso, abrí el grifo. Tras un gruñido de cañerías, salió un chorrillo de agua tibia. Llené el vaso hasta el borde y me lo bebí con ansia, imaginando con cada trago un camión de bomberos que bajaba por mi esófago apagando un incendio. Me entraron ganas de pegarme una ducha bien fría, así que fui hasta el baño, me desvestí y abrí la llave del agua.
Un silbido gutural resonó en las tuberías del baño. La alcachofa de la ducha vibró levemente, pero no salió ni una gota de agua. Cerré y volví a abrir el grifo. Nada. Me vestí a toda prisa, fui hasta la cocina, comprobé que ahora el grifo del fregadero tampoco funcionaba. Me habían cortado el agua. —Venga, hombre, no me jodas —se me escapó. Salí al rellano y localicé la tubería montante, por la cual debería subir el agua hasta mi piso. Fui siguiéndola escaleras abajo, en busca de alguna fuga o algo que explicara el corte de suministro. Alcancé la planta baja sin encontrar ningún problema, así que continué bajando en dirección al cuarto de calderas, en silencio, con cuidado de no hacer ruidos que pudiera escuchar la Conchi. Al llegar a la sala de calderas, encontré la puerta entreabierta, algo extraño dado lo obsesivo que era el portero. Empujé la puerta, que se abrió con un chirrido. Alumbré con la pantalla del móvil las llaves de paso individuales de cada domicilio. Todo parecía en orden, nada que pudiera explicar el corte de agua. Enfoqué con la luz de la pantalla hacia la llave general, que estaba situada en lo alto, en una esquina. Parecía estar abierta. Caminé hacia la esquina, pero un olor nauseabundo me hizo detenerme de pronto. Parecía provenir de una trampilla que estaba abierta. Me asomé por la trampilla e iluminé su interior. Vi unas escaleras metálicas que bajaban hasta lo que parecían ser las alcantarillas. Al fondo se veía agua sucia corriendo. Por el interior del conducto se oían los ecos de unos golpes y juraría que también distinguía unas voces a lo lejos. Intrigado por el ruido, decidí bajar por la trampilla. Encendí la linterna del móvil y me lo metí en el bolsillo de la camisa. Luego empecé a bajar por la escalera. No tenía claro si lo que estaba haciendo era algo razonable —el cansancio del calor no me dejaba pensar con claridad—, pero estaba seguro de que quería llegar hasta el fondo de la cuestión. Quería saber qué demonios estaba pasando. Descendí por la escalera. El último escalón estaba a medio metro del suelo. Salté y aterricé en una acera que bordeaba el riachuelo de agua sucia. Las paredes eran curvas y estaban cubiertas de musgo, toallitas higiénicas y telarañas. Me fijé en una tubería rota que chorreaba cerca de la escalera. Ah, amigo. El olor del ambiente era una mezcla de pescado podrido y lodo. Alumbré con el móvil en dirección a donde sonaban las voces, y un puñado de cucarachas salieron corriendo por las paredes. Empecé a caminar hacia el sonido. Pensé que, si no me fallaba la orientación, debía de encontrarme justo debajo del banco. Doblé la esquina. Allí los vi. Había dos hombres corpulentos enmascarados, completamente vestidos de negro, cubiertos de telarañas y restos fecales. Cada uno cargaba con una abultada bolsa de deporte. Los dos hombres alumbraban con linternas a un tercero, más flaco, que estaba bajando por unas escaleras, como las que acababa de bajar yo, pero que salían de la sala de máquinas de la sucursal. No parecieron advertir mi presencia. El jodido clan de Los Topos, pensé. No me lo podía creer. Sentí mis piernas completamente paralizadas. Me apresuré a sacar el móvil del bolsillo de la camisa para apagar la linterna, pero mis manos temblaban tanto que se me cayó al agua con un sonoro salpicón. Los tres hombres lo escucharon y se giraron hacia mí. Se quedaron inmóviles, mirándome. Solo se escuchaba el fluir del agua sucia. Antes de que pudiera reaccionar, el flaco bajó de las escaleras de un salto. Me fijé en que llevaba unas deportivas doradas muy llamativas, con cámara de aire. Empezó a avanzar hacia mí a grandes zancadas mientras se llevaba la mano al bolsillo. —¿Qué coño miras? —dijo soltando un gallo. Uno de los tipos grandotes sujetó al flaco por el hombro. Lo detuvo en seco. —Déjamelo a mí —dijo el grandullón. Yo solo podía pensar en mi móvil, que seguía bajo el agua con la linterna encendida, iluminando los excrementos que fluían sobre él. El grandullón abrió la bolsa de deporte, y de su interior sacó dos fajos de billetes y me los lanzó. Los cogí al vuelo de forma instintiva. —No has visto nada —me dijo. —¿Que...? ¿Qué? —dije. —¡Que no has visto nada! —dijo el hombre y me apuntó con una pistola. Se me pasó por la cabeza decirle que había visto reportajes sobre ellos, que era muy fan de su trabajo. Es extraño lo que uno piensa cuando lo apuntan con un arma. —No he visto nada —dije. Los tres hombres de negro empezaron a dar pasos hacia atrás sin dejar de apuntarme con sus linternas. Cuando estuvieron a diez metros de distancia, echaron a correr y se perdieron en la oscuridad. Tardé unos segundos en recuperar el aliento. Habría creído que todo aquello había sido una alucinación fruto de un golpe de calor, de no ser por los fajos de billetes de quinientos que tenía en ambas manos. Cuando conseguí recomponerme, recogí el móvil y lo sequé como pude con la tela del pantalón. Increíblemente seguía funcionando. Deshice mis pasos, me metí los fajos en los bolsillos, subí de vuelta al cuarto de calderas. Empecé a subir las escaleras a pisotones, hojeando con el pulgar los fajos de billetes. Iba calculando mentalmente: si están completos, cien y cien billetes… debían de ser cien mil euros entre ambos. Iba tan distraído contando que no vi el último escalón y caí de bruces al llegar a la planta baja. Un par de billetes salieron volando. Los recogí rápidamente de un manotazo y entonces levanté la vista. La puerta de Conchi estaba entreabierta y su cara flotaba asomada con los ojos abiertos de par en par. Casi se me sale el corazón por la boca. —Joder, Conchi, qué susto. —¿Qué está pasando aquí? —dijo ella. Yo tenía las zapatillas empapadas, estaba cubierto de telarañas y apestaba a cloacas. No tenía salida buena. Dije: —Tú no has visto nada. —Voy a llamar a la Policía —dijo ella. Me incorporé rápidamente, la agarré por el hombro. Le acerqué los billetes arrugados que tenía en mi puño, se los coloqué en su mano y se la cerré. —Tú no has visto nada —repetí. Conchi se quedó callada mirando los billetes durante unos segundos. Luego miró hacia arriba, como echando cuentas. Empezó a asentir con una sonrisa pícara. —No he visto nada —dijo. Y cerró de un portazo. Volví al primer piso y entré en casa. Luego me tendí en la cama, con toda la ropa mugrosa, y me quedé dormido sujetando un fajo en cada mano. No me acordé ni de poner el despertador.


¿Por qué siempre tiene que haber una Conchi?
Qué rabia me dan todas las Conchis de todas las comunidades 😆
No me preguntes por qué, pero me ha parecido estar viendo un película de Alex de la Iglesia.