Mierda de café
La cafetera que compré resultó ser una mierda
Me cuesta mucho̴̤̾ escribir esto, pero reconozco que la cafetera que compré resultó ser una mierda. Era una máquina de espresso (el último modelo de La Marzocco) y tenía incluso conexión a Internet. Siete mil euros, la broma. Y no era capaz ni de hacer un café en condiciones. Cada vez que intentaba usarla, salía vapor por la junta del portafiltro, o emitía un chorrillo ridículo de agua turbia en lugar de café. Otras veces, directamente se apagaba sin previo aviso. Un despropósito.
Al trabajar como escritor, el café se había convertido para mí en algo más que un capricho. Era una necesidad. El café era el único combustible capaz de hacerme completar mi columna semanal sin dispersarme en mil tangentes. Del café dependía, de forma directa, mi sustento. Y la maldita máquina, lejos de ayudar, estaba poniendo en riesgo mi único suministro de concentración.
Obviamente, llamé al servicio técnico y se comprometieron a arreglarla (ya que estaba en garantía), pero la empresa de recogida me informó de que tardarían al menos dos semanas en venir a por ella. ¿Qué se supone que iba a hacer yo hasta entonces? Aquel jueves debía entregar un texto antes de las cinco de la tarde y no tenía nada, ni siquiera una idea para el artículo. Entré a la cocina y, al intentar hacer café, volvió a salir un aguachirle asqueroso. El líquido salpicó al papelito de la garantía, que se empapó enseguida y quedó reducido a una pasta borrosa. A tomar por culo.
Decidí ponerlo todo a tope. Todo.
Bajé la bolsa de café brasileño y lo molí lo más fino que permitía mi molinillo eléctrico, a cero con cinco. Lo prensé dentro del portafiltro, apoyando todo el peso de mi cuerpo sobre el compactador, hasta preparar una pastilla sólida como un diamante.
A la hora de enroscar el portafiltro en la cafetera, utilicé toda la ayuda mecánica de la que disponía: coloqué una pesa rusa de quince kilos sobre la máquina, para mantenerla fija en su sitio; subí del garaje un gato hidráulico para presionar de abajo arriba el portafiltro contra la cafetera; quería también asegurarme de que el metal encajara a la perfección, así que lo calenté con ayuda de un mechero blanco, que luego me guardé en el bolsillo; tomé una llave inglesa de la caja de herramientas, la utilicé para girar el portafiltro hasta enroscarlo por completo y, entonces, seguí empujando un poco más, hasta que la llave inglesa comenzó a combarse.
Para asegurarme de que la máquina tuviera voltaje suficiente, la conecté a los bornes de la batería de mi coche. Comprobé también que el cable de red que salía de la cafetera estaba bien conectado al router. No fuera a ser la falta de Internet lo que me jodía los cafés.
Por último, para no fallar en lo más básico, puse a calentar dos litros de Solán de Cabras y, cuando hervía con furia, vertí el agua cuidadosamente en el depósito interior de la máquina.
Todo estaba listo. «O me hace el mejor café del mundo, o revienta», pensé.
Coloqué una tacita bajo el portafiltro. Pulsé el interruptor de encendido, el piloto luminoso se encendió, más brillante que nunca, y el medidor de presión oscilaba en torno al máximo. Giré el pomo para comenzar la extracción. La máquina comenzó a vibrar levemente. Enseguida la vibración se convirtió en un rugido interno. Luego en un temblor que la hacía desplazarse de un lado a otro. La pesa rusa cayó al suelo. De pronto, todo se silenció. La lámpara del techo parpadeó un par de veces. Una única gota de café, absolutamente negro, cayó en la taza. Me acerqué hasta la máquina. La toqué con la yema del dedo índice.
Un estallido cegador dejó mi mundo a oscuras.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba en la cocina. Aún a día de hoy no me explico cómo sucedió. Lo primero que vi fueron mis zapatos apoyados sobre el manto, cubierto de musgo, raíces y hojas secas. Estaba rodeado de árboles de rama̴̙̱͕̓̀̚s finas, con flores blancas y bayas rojas. El sol pegaba con fuerza y una humedad pringosa me abrazaba todo el cuerpo. ¿Cuánto tiempo había pasado? Debía de haberme quedado inconsciente. Fui a mirar el reloj y entonces me di cuenta: mi piel era ahora de color café con leche. «Si cuento esto en Substack, me cancelan fijo», pensé. Traté de descifrar la hora, pero no entendía la esfera del reloj. Las manecillas estaban difusas, como las hélices de un helicóptero cuando giran tan rápido que parecen desplazarse hacia atrás. Flotaba en el aire un aroma inconfundible a café recién hecho.
Empecé a caminar entre los árboles, siguiendo el rastro de aquel olor. De entre las ramas que iba apartando, no paraban de alzar el vuelo una cantidad absurda de búhos, a plena luz del día. Enseguida llegué a un claro en el bosque en el que se alzaba una imponente fábrica. Estaba flanqueada por dos torres humeantes, como las que tienen las centrales nucleares, que le daban un aspecto de castillo brutalista. En su fachada, grabado en el cemento, ponía: “BRACAFÉ”. Delante del portón, que estaba entreabierto, había un hombre con traje y corbata roja, peinado a raya. Tenía una sonrisa que le abarcaba toda la cara y sujetaba con su mano izquierda una bandeja metálica.
—Good morning! It’s Thursday! Booon matiii! —dijo el hombre, de carrerilla.
—Disculpe, creo que me he perdido.
—¡Firma, chico! —dijo el hombre e interpuso entre nosotros la bandeja. Sobre ella había una decena de folios grapados y un bolígrafo.
—No, pero… Disculpe, ¿dónde estamos?
—¡Vamos, chico, firma! Ya habrá tiempo para presentaciones.
Tomé los documentos e intenté hojearlos, pero el tipo seguía metiendo prisa.
—¡Va, va, va! —decía sin parar.
Firmé los documentos, con la esperanza de que entonces respondería a mis preguntas.
—¡Estupendo! —dijo—. Ven por aquí.
Pasó su brazo por mi espalda y me acompañó al interior del edificio. Accedimos a una galería abovedada. El suelo era de moqueta gris y las paredes mostraban frescos barrocos. Allí dentro, el olor a cafȩ̴̗͔́͋ era tan intenso que se me humedecieron los ojos. El hombre caminaba acelerado, tirando de mí por los pasillos. Me fui fijando en las innumerables puertas que había a cada lado. La mayoría daban a despachos y, cada tres o cuatro puertas, había una placa que señalizaba un nuevo cuarto de baño. Pasamos junto a un grupillo de hombres con peluca, clavaditos a Beethoven, Voltaire y Kierkegaard. Me pareció oír cómo discutían sobre la cantidad adecuada de azucarillos. Pasamos también por delante de una puerta roja que tenía colgado un aviso: “Silencio”. Me detuve y señalé hacia la puerta.
—¿Y eso?
—¡Shh! Ahí está Carlo grabando el podcast.
—¿Quién?
—¡Vamos! El jefe espera —dijo y tiró de mí.
Al final del pasillo, llegamos a una cortina roja. El hombre del traje se limitó a correrla a un lado e invitarme a pasar.
Crucé el umbral y la cortina se cerró tras de mí. Había accedido a un pasillo diferente, uno largo y con poca luz, delimitado por postes de oro y cuerdas de terciopelo azul, como las que hay en los museos. A ambos lados del pasillo había decenas de estatuas oscuras, hechas de un material poroso que parecía ser adobe. Las estatuas representaban a personas de todas las épocas, desde medievales hasta contemporáneas, pero, debajo de todas ellas, había una misma inscripción: parecía una fecha escrita en números romanos. “CCMB”. Ochocientos… no sé cuántos.
Entonces lo vi. Al final del pasillo, en un altar, un trono de cuero me daba la espalda. Estaba iluminado por un foco blanco agresivo. Por encima del respaldo se elevaba una densa nube de humo̵̢͎̙͚͑͆.
—Bienvenido —dijo una voz nasal.
El trono giró lentamente ciento ochenta grados. El que estaba sentado en él era el mismísimo David Lynch, sujetando un cigarrillo entre sus dedos.
—Tendrás preguntas, muchacho.
Mi boca tardó en responder.
—¿Dónde estamos? ¿Qué es esto?
—¿Has oído hablar del campo unificado?
—¿Qué?
—Café.
—¿Cómo?
—Que si quieres café —dijo Lynch. Y me ofreció una taza blanca humeante.
«De perdidos al río», pensé.
Subí al altar y tomé su taza. Le di un sorbo a aquella infusión oscura. Me supo delicioso: a cacao, caramelo, avellana.
—Este es, con perdón, uno de los cafés más cojonudos que he tomado —dije.
Quise dar otro sorbo, pero el café se había vuelto sólido. Avergonzado, le devolví la taza. Lynch rio con estruendo. Luego lanzó su cigarrillo hacia atrás y sacó otro nuevo del bolsillo de su camisa. Se lo llevó a los labios.
—¿Tienes fuego? —dijo.
—Claro.
Fui a echar mano de mi mechero blanco, pero lo que saqué de mi bolsillo fue uno negro. No lo entendía, pero lo encendí igualmente y le acerqué la llama a la cara. Él inhaló, prendiendo el cigarro.
—Gracias, hijo. Puedes marchar —me dijo.
Empecé a bajar del altar, pero, entonces, me detuvo:
—Espera, perdona. No te he ofrecido. ¿Quieres?
Y estiró su brazo acercándome el cigarrillo que tenía prendido.
—Qué diablos —dije.
Lo tomé y le pegué una calada. Me sentó como un tiro. De pronto, escuché un sonido coral a mis espaldas. Me di la vuelta. Las estatuas del pasillo estaban moviendo la boca. Todas cantaban al unísono: “Café y Cigarro / Muñeco de Barro”. Inmediatamente, yo también me convertí en una estatua de adobe. Desde entonces, vivo aquí, inmóvil, en este pasillo, junto al resto de los muñecos.
La vida ahora es un poco aburrida, pero, aun así, si sientes que te cuesta concentrarte, recomiendo venir aquí. Por lo visto hay muchas maneras de llegar. Sin ir más lejos, hace poco entró una estudiante distraída que se había olvidado de poner el filtro sobre la cazoleta de su cafetera italiana. Le estalló en la cara. O aquel ingeniero que preparó un cold brew con RedBull en lugar de agua y sufrió un infarto. Angelitos.
Ahora no puedo tomar café, pero tampoco lo echo en falta. He descubierto que aquí me concentro con mucha más facilidad. Las ideas se presentan por sí solas, nítidas, tangibles. Sin esfuerzo.
Es curioso: a pesar de esta nueva facilidad para las ideas, aún me cuesta̶̪͛ escribir. Me cuesta mucho, por aquello de que no me puedo mover. Sin embargo, si concentro toda mi energía, aún puedo generar pequeños impulsos eléctricos, más o menos intensos. Unos y ceros que voy emitiendo hasta formar bytes, con los que voy componiendo caracteres, uno por uno̴͖̳̙̅. Los datos se condensan en esta dimensión, se transmiten al router a través del cable de red de la cafetera y atraviesan todo Internet hasta terminar proyectados en tu pantalla.
Como somos muchas las estatuas que escribimos desde aquí y hay poquitas cafeteras conectadas a Internet, a veces se saturan y los cafés salen estropeados. Perdón. No lo hacemos aposta.



Veo caracteres raros en el texto. No sé si será la precaria conexión del Cielo de los Cafeteros o efecto del café de supermercado hecho en cafetera italiana que me tomé esta mañana. Seguramente sea esto segundo.
¿El café onírico es torrefacto?