De ida y vuelta
De la metrópolis nos quitaron la polis
Esperar al metro de vuelta a casa, con el cuerpo derrotado, pensando solo en dormir. El culo apoyado en la barra de metal —la arquitectura hostil—, ni sentada ni de pie, los abductores en tensión.Afuera, en Gran Vía, el trajín, los semáforos, los “¿Tienes un minuto?”, la prisa, el paso, perdona. Y al llegar a la boca de metro: las escaleras, el cuerpo inclinado empujando contra la puerta, la mano que bucea en el bolso, la cartera, el abono, los tornos. Y la tarjeta que se desliza sobre el lector. Un pitido en rojo. El reintento. Error. No quedan viajes. Recargar el abono del metro, en la máquina. Introduzca su tarjeta. ¿Desea imprimir el recibo? De nuevo al torno, el pitido, el acceso. Bajar las escaleras mecánicas, siempre a prisa, porque el ascensor es una mentira. Un turista parado en el lado izquierdo del escalón. Disculpe, perdona, por Dios. Y los pitidos lejanos que indican que ya es tarde, que siempre es tarde y ya se aleja, el metro, antes de alcanzar el andén.
De ahí la espera. Al otro lado, en espejo, otra gente vuelve a otras casas. Mientras miro el marcador de minutos, pienso que una línea tiene dos sentidos: los que vamos del centro hacia fuera —como los rayos del sol— y los que vienen de fuera hacia dentro. Y a estas horas del jueves, hacia el centro solo vienen turistas y estudiantes que comienzan ahora su juerga y van en el metro con sus polos y sus mocasines mezclando cubatas en vasos de tubo, vasos que se vuelcan y dejan por todo el metro el rastro oscuro y pegajoso que pisaremos los que volvemos a casa, después de la jornada, enlatados en el metro.
Pienso en los trayectos a primera hora de la mañana, los de ida al centro, para ir al trabajo con las legañas aún puestas, tan diferentes a los trayectos de vuelta. Tienen olor a ojeras maquilladas, a uniforme planchado, a promesas de un bienestar que nunca termina de llegar.En la oscuridad del túnel resuena un chirrido. Ya viene. Me incorporo y sigo con la mirada la puerta más cercana. Nos aproximamos a la entrada del vagón, los que volvemos, y los menos educados entran sin dejar salir.
En el trayecto de vuelta, el sudor de vino que exuda un albañil, las muestras de perfume acumuladas en las muñecas, las pruebas de pintalabios en el dorso de la mano, la fiambrera caliente con restos de atún, las dudas, mil dudas sobre si merece la pena seguir. Y cuánto falta para llegar y por qué nunca alcanza y cuándo lograré habitar donde trabajo, donde están los árboles, las terrazas, las amigas. Pero en ambos viajes, la ida y la vuelta, la misma mirada de los otros. La nula mirada de los otros. Ese contrato inquebrantable, tácito, universal, que nos obliga a evitar los ojos del vecino. No importa si a Instagram, a las Meditaciones de Marco Aurelio, al Marca, al suelo o a la ventana oscura, pero la mirada nunca debe dirigirse al otro.Próxima estación: Diego de León. Correspondencia con las líneas cuatro y seis de Metro. Atención: estación en curva. Tenga cuidado para no introducir el pie entre coche y andén.
Lo tuve que comprar, el abono del metro, para venir al centro todos los días. Conexión con las líneas. Venir al centro porque es donde está el trabajo. En el centro está el dinero. Venir desde las afueras porque es el único sitio donde me puedo permitir un alquiler. En Quintana, a cinco mil metros del dinero, en metro.
Tenga cuidado: convirtieron el centro de la ciudad en un parque de atracciones. Y el metro es la única atracción en la que me puedo montar. Gusano loco enterrado, el Dragon Khan’t. Tenga cuidado. Media vida haciendo cola, en el torno, las escaleras, la puerta, para poder montar.
Atención: estación en curva. Mi espalda es un arco en tensión. Los dedos de mi mano curvados en torno a la barra amarilla, amarillo lingote. Aferrada al dinero, en las idas y vueltas del metro, para no salir despedida de la atracción al tomar la siguiente curva.
En las estaciones del centro, ya apenas oigo español, catalán, gallego o vasco. Escucho inglés, francés, alemán y ruso, en el metro. Hay pase VIP en el parque de atracciones, me doy cuenta. No es para nosotros, la ciudad. Para nosotros, ida y vuelta tan solo, soterrados, gusanos, las ratas.
No será acaso xenofobia lo mío. Atención: tenga cuidado. La diferencia entre inmigrante y expat.
Cuando casi cedo al cansancio, colgada de la barra, la cabeza pendiendo del cuerpo, grave, madura del peso del día, que se acaba antes de alcanzar la casa, es entonces cuando la calle entra en el metro: entra un vendedor de chupachups —tres por un euro— y predicadores evangélicos —necesitas a Dios en tu vida— y un hombre delgado que pide dinero para coger un autobús a Ciudad Real para ver a su hermano enfermo y pierde los papeles cuando nadie se lo da.
Próxima estación: Quintana. Atención. Mañana será otro día, el mismo día, en el metro. Todas las líneas de Madrid son circulares. El tren se detiene, mi mano se desprende de la barra. Me arrastro hasta la puerta. Disculpe, ¿vas a salir?, perdona. Aprieto el pulsador, las puertas se desplazan y pongo atención, pongo toda mi atención, tengo el máximo cuidado, para no introducir el pie, para no caer en la fosa, en ese abismo negro que se abre, desde lo que deseo a lo que tengo, entre coche y andén.


Dragón Khan't ❤️
Magnífica radiografía de la M-30, Diego 🔝